– Cuénteme -dijo Yashim-. Hábleme usted de los antiguos griegos.
Amélie yacía boca abajo en el diván, su cabeza bajo la luz del sol, apoyando la barbilla en sus manos. Yashim oyó su risita.
– Podría hablar durante días -dijo ella. Movió la cabeza de manera que su mejilla pasó a descansar sobre los dedos, y lo miró-. Hagamos un trueque -sugirió-. Yo le hablaré a usted del momento más magnífico de la antigua Grecia, y usted lo hará de su pueblo. Los otomanos. Su momento de grandeza.
Yashim levantó la cabeza.
– Conforme -dijo. Cruzó las piernas y se sentó junto a ella en la ventana-. ¿Época de guerra? ¿O un período de paz?
Amélie sonrió.
– La guerra, primero -dijo.
– Ah, la guerra. -Yashim enderezó su espalda-. El sultán Solimán, entonces, Solimán, el Donador de Leyes. En francés… el Magnífico. Tiene veintidós años cuando conduce su ejército a Belgrado. La Ciudad Blanca… inexpugnable, que se alza entre dos ríos, el Sava y el Danubio, defendida por las huestes de la Cristiandad. Es una larga y agotadora marcha…
Le habló de la victoria de Solimán en Belgrado, y su conquista de Rodas dos años más tarde, de su merodear por las fronteras de Austria, y su humillación en la ciudad de Buda.
– Parece usted diferente cuando habla así.
– ¿Diferente?
– Fiero. Como Solimán. -Descansó su mejilla contra la palma de su mano y sus caderas se apretaron contra el tapizado diván-. Hábleme de la paz.
– Le hablaré de un poeta -dijo Yashim-. En tiempos de la poesía… Con un sultán que se rodea de poetas. Cada noche, tenía lugar un diwan de poesía, en el que cada hombre trataba de superar al otro con la belleza de sus palabras. Rimar, medir las expresiones más elevadas de amor y tristeza y remordimiento. Pero el sultán es el mejor de todos ellos.
Oyó que Amélie dejaba escapar un resoplido. Bajó la mirada. Los ojos de la mujer estaban cerrados, y un pequeño mechón de su cabello castaño le había caído a través de su mejilla. Estaba sonriendo.
– Ah, pero lo era -insistió Yashim-. Era un verdadero poeta del amor… Porque, de todos los sultanes, era el que más amaba a una mujer. Tenía centenares de mujeres (las más hermosas muchachas de la Circasia y los Balcanes), pero amaba a una de ellas por encima de las demás. Tenía el cabello rojo y una piel de un blanco pálido, así como unos expresivos ojos oscuros. Era… Decían que era rusa. Roxelana. Se casó con ella.
Y suavemente recitó las líneas que sabía de memoria.
Amélie se quedó quieta durante unos momentos.
– ¿Cómo se llamaba? ¿El sultán-poeta?
– Solimán. Solimán el Magnífico.
Amélie abrió los ojos y lo buscó con la mirada. Estaba muy cerca.
– El mismo sultán -murmuró ella.
Arqueó la espalda y levantó la cabeza, hasta que estuvo mirando a Yashim.
Lenta, con vacilación, se acercó a él. Sus hermosos ojos se desplazaban de los ojos a los labios de Yashim.
Éste se sentía como ingrávido, como una pluma al viento.
Sus labios se tocaron.
El brazo de Amélie se deslizó alrededor del cuello del hombre. Él alargó una mano y tocó la curva de su cadera.
Transcurrió mucho rato antes de que ninguno de los dos pudiera hablar.
– Iba usted a hablarme de los griegos -dijo Yashim.
Amélie sonrió y le tocó con un dedo la punta de su nariz.
– En este momento -dijo ella- estoy más interesada en los otomanos.