Capítulo 135

McVey estaba tendido de espaldas mirando al techo. Remmer no estaba. Tampoco Osborn. Nadie le había dado explicaciones. Faltaban cinco minutos para las diez de la mañana y lo único que tenía en la habitación del hospital era el periódico y la televisión de Berlín. Llevaba al menos la tercera parte del rostro vendada con gasa y tenía las tripas revueltas a causa del envenenamiento de cianuro, pero se sentía bien. Excepto que no sabía nada y nadie le explicaba nada.

De pronto se preguntó dónde estaban sus cosas. Desde la cama, vio su traje colgando en el armario y los zapatos en el suelo. Al otro lado de la habitación había una cómoda con cajones y al lado una silla para las visitas. Su maletín, sus apuntes y el pasaporte estarían en la habitación del hotel. Pero ¿dónde estaban su cartera y sus papeles? ¿Y su arma?

Lanzó la sábana atrás, deslizó las piernas a un lado de la cama y se incorporó. Las piernas le temblaban y permaneció un rato quieto para cerciorarse de que podía sostenerse en pie.

Dio tres pasos irregulares y llegó hasta la cómoda.

En el cajón de arriba encontró su ropa interior y calcetines. En el segundo, las llaves, el peine, las gafas y la cartera. Pero no estaba la pistola. Tal vez la tenían en custodia. O la habría guardado Remmer. Cerró el cajón y volvió a la cama. Se detuvo a medio camino. Tenía la sensación de que pasaba algo raro. Se volvió y abrió el segundo cajón una vez más, sacó la cartera y la abrió. Habían desaparecido su placa y la carta oficial de Interpol.

– ¡Osborn! -exclamó, enfurecido-. ¡Maldita sea!

Ni Remmer ni McVey. Nada de policía. Osborn se reclinó en su asiento del vuelo 533 de Swissair, que ya esperaba en la pista el visto bueno para despegar. Había hecho lo que se imaginaba que haría McVey. Llamó a Swissair y habló con el jefe de Seguridad. Por teléfono le explicó que venía de Los Ángeles y que, como inspector de Homicidios, trabajaba con Interpol. En ese momento le seguía la pista a uno de los principales sospechosos del incendio del palacio de Charlottenburg. El hombre había llegado por la mañana desde Berlín en tren y había logrado escapar, matando a tres policías de Frankfurt. Ahora se dirigía a Suiza y él necesitaba urgentemente una plaza en el vuelo de las diez a Zúrich. ¿Había alguna manera de ayudarlo a embarcarse?

A las diez y tres minutos se presentó el capitán del vuelo 533 de Swissair. Osborn se identificó como el inspector William McVey, del Cuerpo de Policía de Los Ángeles. Le hizo entrega de su revólver calibre 38, su chapa y su carta de presentación de Interpol y eso era todo lo que tenía. Explicó que había dejado sus papeles y su pasaporte en el hotel debido a la prisa. También llevaba una foto del sospechoso, de nombre Von Holden. El capitán estudió la foto y leyó la carta de Interpol y luego escrutó al hombre que decía ser el inspector de policía de Los Ángeles. Él inspector McVey era americano a todas luces y las ojeras de su rostro y su barba sin afeitar indicaban que llevaba horas sin dormir. Eran las diez y seis minutos, cuatro minutos antes de la hora de embarque.

– Inspector -interpeló el capitán mirándolo fijamente a los ojos.

– Sí, señor -respondió Osborn.

«¿Qué estará cavilando? ¿Que le miento? -pensó-. ¿Que soy el fugitivo y que me he apropiado de la chapa y el arma de McVey? Si te acusa, lo niegas todo y te mantienes firme. Eres tú el que tiene razón aquí, cueste lo que cueste, y no tienes tiempo para discusiones.»

– Las armas me ponen nervioso.

– A mí también.

– Entonces, si no le importa, la guardaré conmigo en la cabina hasta que aterricemos.

Y eso fue todo. El capitán abordó su avión, Osborn pagó su billete en marcos alemanes y escogió un asiento en clase turista. Cerró los ojos y esperó el acelerón de los motores y el impulso hacia atrás en el asiento que le confirmara el éxito de su iniciativa, esperando que el capitán no cambiara de parecer o que McVey no se hubiese dado cuenta y alertado a la policía sobre la desaparición de sus pertenencias. Si sucedía así, no sabía cómo reaccionaría. Al cabo de un rato, el capitán anunció el despegue. Los motores rugieron y se produjo el aceleren. Treinta segundos después estaban en pleno vuelo.

Osborn observó cómo se desdibujaba la campiña alemana a medida que ascendían hacia un delgado banco de nubes. Luego subían hacia la luz del sol y el cielo aparecía, azul profundo, por encima de las blancas nubes.

– Señor -se acercó una azafata sonriente-. Nuestro vuelo no va completo. El capitán desea invitarlo a viajar en la primera clase.

– Muchas gracias -dijo Osborn, y dibujó una sonrisa al incorporarse. El vuelo era breve, poco más de una hora, pero en primera clase podría relajarse y tal vez dormir durante unos cuarenta minutos. En los lavabos de primera encontraría hojas y espuma de afeitar. Sería una suerte poder refrescarse.

El capitán debía de ser un hombre celoso de la ley y el orden o un admirador de la policía de Los Ángeles, porque además del trato privilegiado, al aterrizar le proporcionó a Osborn algo de un valor infinitamente superior. Lo presentó a la policía suiza en el aeropuerto, portándose como garante personal y explicando por qué viajaba Osborn sin pasaporte. Además enfatizó la urgencia de la persecución del sospechoso del holocausto de Charlottenburg. La presentación fue seguida de una escolta policial por aduana y muchos deseos de buena suerte.

Una vez fuera, el capitán le devolvió el arma, le preguntó adonde se dirigía y si podía llevarlo en su coche.

– No, gracias -respondió Osborn aliviado, pero absteniéndose deliberadamente de mencionar el nombre de su destino.

– Entonces, que le vaya bien.

– Si alguna vez va a Los Ángeles, búsqueme. Tomaremos unas copas -se despidió Osborn sonriendo y estrechándole la mano.

– Eso haré -dijo el piloto.

Eran las once y veinte del sábado quince de octubre. Hacia las once treinta y cinco, Osborn viajaba en el expreso Eurocity de Zúrich que llegaba a Berna a la una menos cuarto de la tarde, treinta y cuatro minutos después de que el tren de Von Holden llegara de Frankfurt. A esa hora, Remmer ya habría puesto fin a su búsqueda en los trenes de Ginebra y Estrasburgo, sin resultados. Estaría desconcertado. Tendría que buscar en alguna parte. Pero ¿dónde?

Luego Osborn pensó que si el negro le había mentido a Remmer, ¿por qué no le mentiría también a él? ¿Acaso viajaba a Berna jugándosela a que atrapaba a Von Holden en un lapso de treinta minutos o estaba destinado a terminar como Remmer, es decir, sin resultados? Una vez más… sin resultados.


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