Capítulo 4

Londres


La misma luna resplandeciente iluminaba un callejón cercano a Charing Cross en el distrito del Teatro. El angosto callejón tenía forma de ele y estaba sellado en ambos extremos por precintos de la policía que señalaban la escena de un crimen. Los peatones miraban desde ambos extremos atisbando por encima de los agentes de policía, para tener una idea de lo sucedido.

No eran los rostros de la multitud curiosa lo que atraía la atención de McVey. Era otro rostro, el de un hombre blanco de entre veinte y veinticinco años cuyos ojos hinchados sobresalían grotescamente de los cuencos. Lo había descubierto el vigilante de un teatro en un cubo de basura al vaciar el contenido de unas cajas después de una de las sesiones. Normalmente se habrían encargado del caso los inspectores de la Policía Metropolitana, pero esto era algo diferente. El superintendente Jamison había llamado a Ian Noble, de la Sección Especial, y Noble, a su vez, había llamado a McVey al hotel y lo había despertado de un sueño agitado.

No era sólo el rostro. Era la cabeza lo que constituía el principal motivo de interés de los inspectores de policía. En primer lugar, porque no había cuerpo. Y, en segundo lugar, porque la cabeza parecía cercenada con técnicas quirúrgicas. Cualquiera podía especular con la idea de dónde estaba el «resto» del cuerpo, pero el engorro de lo que quedaba era asunto de McVey.

Mientras observaba a dos cirujanos forenses sacar la cabeza del cubo y colocarla en una bolsa plástica y luego en una caja para transportarla, McVey pensaba que lo que sí estaba claro era que el superintendente Jamison tenía razón. La cabeza había sido separada del tronco por un profesional. Si no era cirujano, al menos se trataba de alguien que había utilizado un instrumento quirúrgico afilado y que poseía un acabado conocimiento de las «Lecciones de Anatomía» de Gray.

El cuadro era el siguiente: en la base del cuello, allí donde se junta con la clavícula, se encuentra la unión de la tráquea y el esófago que conduce a los pulmones y al estómago, y el músculo constrictor inferior, que asciende flanqueando los cartílagos cricoideos y tiroideos…

Éste era precisamente el lugar donde la cabeza había sido decapitada, y ni McVey ni el comandante Noble necesitaban que lo confirmara un experto. Lo que sí necesitaban era que alguien les dijera si aquello se había producido antes o después de la muerte. Y tratándose de esta última posibilidad, cuál era la causa de la muerte.

Realizar la autopsia de una cabeza es como hacer la autopsia de todo un cuerpo, sólo que hay menos cuerpo.

Las pruebas de laboratorio llevarían entre veinticuatro horas y tres o cuatro días. Pero McVey, el comandante Noble y el doctor Evan Michaels, el joven patólogo con cara de niño de la Oficina Central a quien habían llamado para encargarse del trabajo, compartían la misma opinión, a saber, que la cabeza había sido separada del cuerpo después de la muerte, y que la causa de dicha muerte era con toda probabilidad una dosis mortal de un barbitúrico, casi seguro Nembutal. Sin embargo, quedaba la incógnita de por qué los ojos se salían de las cuencas de aquella manera, y cuál era la causa de los hilillos de sangre que nacían de las comisuras de los labios. Eran síntomas que aparecían al respirar una solución gaseosa de cianuro, si bien no había pruebas claras.

McVey se rascó la oreja y se quedó mirando al suelo.

– Ahora le preguntará acerca de la hora en que se produjo la muerte -le dijo Ian Noble secamente a Michaels. Noble tenía cincuenta años y estaba casado, tenía dos hijas y cuatro nietos. Su pelo canoso y cortado casi al cero, su mandíbula cuadrada y su esbelta figura le daban una prestancia de militar de antiguo cuño, algo nada inhabitual en un ex coronel del Servicio de Inteligencia del Ejército y graduado por la Royal Military Academy de Sandhurst, promoción del 65.

– Eso es algo difícil de precisar -dijo Michaels.

– Inténtelo -dijo McVey, fijando a Michaels con sus ojos verde grisáceos. Quería una respuesta. Se sentiría satisfecho con una estimación prudente.

– Hay muy poca sangre, casi nada. Es difícil precisar el momento de la coagulación, ¿sabe? Puedo decir que llevaba algún tiempo donde se encontró, porque la temperatura es casi idéntica a la del callejón.

– No hay rigor mortis.

Michaels se lo quedó mirando.

– No, señor. Parece que no. Como usted sabe, inspector, el rigor mortis suele comenzar al cabo de cinco o seis horas. La parte superior del cuerpo es la primera afectada, después de unas doce horas, y la totalidad del cuerpo al cabo de unas dieciocho horas.

– No tenemos la totalidad del cuerpo -dijo McVey.

– No, señor, no la tenemos. -Más allá de cumplir con su deber, Michaels empezaba a desear haberse quedado en casa aquella noche, y dejarle a otro el placer de tratar con el irascible inspector de Homicidios americano, con el pelo más canoso que castaño, y que parecía conocer las respuestas a sus propias preguntas incluso antes de formularlas.

– McVey -dijo Noble, con expresión rígida-. ¿Por qué no esperamos a tener las pruebas de laboratorio y dejamos a nuestro pobre médico irse a casa a acabar su noche de bodas como es debido?

– ¿Ésta es su noche de bodas? -preguntó McVey, asombrado-. ¿Esta noche?

– Era -dijo Michaels, inexpresivo.

– ¿Y por qué diablos respondió a la llamada? Si no lo hubieran encontrado a usted, habrían buscado a otro. -McVey era sincero en su incredulidad-. ¿Y qué diablos decía su mujer?

– Que no respondiera la llamada.

– Me alegra saber que al menos uno de los dos sabe de qué va el cotarro.

– Señor, es mi trabajo, ¿sabe?

McVey sonrió para sus adentros. Aquel joven patólogo estaba destinado a convertirse en un excelente profesional o en un funcionario apocado. Nunca se sabía.

– Si hemos terminado, ¿qué quiere que haga? -Le preguntó Michaels-. Jamás he trabajado para la policía de París. De hecho, tampoco he trabajado para INTERPOL.

McVey se encogió de hombros y miró a Noble.

– Yo estoy igual que él -dijo-. Tampoco he trabajado nunca con la policía de París ni con la INTERPOL. ¿Cómo y dónde guardáis las cabezas aquí?

– Guardamos las cabezas, McVey, de la misma manera que guardamos los cuerpos, o los trozos de cuerpos. Etiquetadas, selladas en bolsas plásticas y congeladas. -Era demasiado tarde para que Noble mostrara algún sentido del humor.

– Vale -dijo McVey y se encogió de hombros. Tenía sobradas ganas de terminar aquella noche. Dentro de pocas horas, los inspectores empezarían a trabajar en el callejón, a interrogar a todos y a cualquiera que hubiera visto algo en torno al cubo de basura unas horas antes de que encontraran la cabeza. Al cabo de un día, o de dos, a más tardar, tendrían los informes de laboratorio sobre las muestras de tejidos y de los folículos del pelo. Traerían a un antropólogo forense para determinar la edad de la víctima.

Los dos inspectores se marcharon y dejaron al doctor Michaels la labor de etiquetar, sellar en bolsa plástica y congelar la cabeza en el contenedor correspondiente. Recibió instrucciones especiales para que no abriera dicho contenedor más que en presencia del comandante Noble o del inspector McVey. Noble se dirigió a su casa de cuatro pisos recién reformada, en Chelsea, y McVey volvió a su pequeña habitación en el pequeño hotel de la calle de la Media Luna, al otro lado de Green Park, en Mayfair.

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