Capítulo 43

Antes de una hora, McVey se dirigía en un taxi al aeropuerto de Gatwick. Había dejado a Noble y a los agentes de Scotland Yard revisando archivos de personas desaparecidas cuya descripción coincidiera con la de John Doe y que hubieran sido intervenidas en la cabeza con implantación de placas metálicas. A la vez tenían que investigar discretamente todos los hospitales y facultades de medicina del sur de Inglaterra para inventariar las personas o los proyectos que experimentaran con técnicas quirúrgicas novedosas. Por un momento pensó en solicitarle a Interpol, Lyón, que hiciera la misma diligencia con las policías de Europa continental. Pero debido a la situación creada con el archivo de Albert Merriman y la posición de Lebrun, decidió esperar. No estaba seguro de lo que estaba sucediendo en Interpol si es que estaba sucediendo algo. Pero si algo pasaba no quería que su investigación tomara el mismo derrotero. Si había algo que McVey detestaba, era que las cosas se hicieran a espaldas suyas sin que se le notificaran. Por su experiencia, la mayoría de las veces no eran más que banalidades, pequeñas traiciones que irritaban y hacían perder el tiempo pero a la vez esencialmente inocuas. No estaba tan seguro de que en este caso fuera lo mismo. Sería mejor esperar a ver qué averiguaba Noble y no decir nada.

Eran las cinco y media de la tarde, hora de París. El vuelo 003 de Air France a Los Ángeles había salido del aeropuerto Charles de Gaulle a las cinco según lo previsto. El doctor Osborn tendría que haber estado a bordo pero no lo estaba. No se había presentado al vuelo, lo que significaba que la policía aún tenía su pasaporte.

McVey desconfiaba cada vez más de la impresión que le causaba aquel sujeto. Osborn había mentido en cuanto al lodo de un calzado. ¿Sobre qué otra cosa habría mentido? Tal vez McVey había querido ser demasiado benevolente con su compatriota. Pero su razonamiento tenía sentido, sobre todo porque no había nada con que acusar a Osborn o algo que lo hiciera sospechoso. Exteriormente y durante los interrogatorios, parecía ser exactamente lo que McVey pensaba de él, un hombre culto de edad mediana completamente chalado por una mujer joven. No había casi nada de significativo en eso. Sin embargo, dos individuos habían muerto violentamente y el «hombre culto» de McVey estaba relacionado con ambos hechos.

Más allá de las muertes de Albert Merriman y Jean Packard había otra cosa que le preocupaba, incluso antes de que hablara con Lebrun. Se trataba del comentario oficioso del doctor Stephen Richman según el cual los cuerpos descabezados congelados a bajas temperaturas podrían ser el resultado de intentos fallidos de un tipo muy avanzado de criocirugía para unir una cabeza a un cuerpo que no le perteneciera. El doctor Paul Osborn no sólo era cirujano sino cirujano ortopédico, un experto de la estructura del esqueleto humano, alguien que podía tener una idea muy cabal de cómo se hacían estas cosas.

Desde el principio, McVey había sospechado que sólo debían buscar a un hombre. Tal vez lo había encontrado y lo había dejado escapar.

Osborn despertó de un sueño y por un momento no supo dónde estaba. De pronto, con una nitidez repentina apareció el rostro de Vera. Estaba sentada en la cama junto a él y le pasaba un paño húmedo por la frente. Vestía unos pantalones negros y holgados y un yérsey del mismo color. El negro de la ropa y la suavidad de la luz hacían resaltar sus rasgos como algo frágil, como una delicada porcelana.

– Tenías mucha fiebre, pero creo que ya ha remitido -dijo, suave. En sus ojos oscuros brillaba la misma chispa que cuando se conocieron. Por alguna razón, Osborn calculó que aquello había sucedido nueve días antes.

– ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? -preguntó, con voz debilitada.

– No mucho, unas cuatro horas.

Intentó sentarse pero sintió un dolor agudo punzándole detrás del muslo. Cerró los ojos y volvió a tenderse.

– Si me hubieras dejado llevarte al hospital, creo que estarías algo más cómodo.

Osborn miró el techo. No recordaba haberle dicho que no lo llevara al hospital pero seguramente lo había hecho. Luego recordó que le había contado lo de Kanarack, su padre y el detective Jean Packard.

Vera se levantó de la cama, dejó el paño en el pequeño recipiente con agua y fue hacia una mesa debajo de un mirador cuya cortina negra estaba echada.

Osborn miró a su alrededor intrigado. A su derecha estaba la puerta de la habitación. A su izquierda, la puerta de un pequeño baño. Arriba, el techo caía de modo que la pared de un lado era más baja que la del lado opuesto. No era la habitación donde había estado anteriormente. Estaba en otro lugar, una especie de buhardilla.

– Estás en lo alto de un edificio, en una habitación bajo los aleros del tejado -dijo Vera-. Fue construida durante la resistencia en mil novecientos cuarenta. Casi nadie sabe que existe.

Levantó la cubierta de una bandeja en la mesa donde había puesto el recipiente, volvió y la dejó en la cama junto a él. Había un plato de sopa caliente, una cuchara y una servilleta.

– Tienes que comer -dijo. Osborn se limitó a mirarla fijo.

– La policía vino buscándote. Así que te hice traer aquí arriba.

– ¿Te hice traer?

– Philippe, el portero, es un viejo amigo de confianza.

– Encontraron a Kanarack, ¿no?

Vera asintió con un gesto de cabeza.

– Y el coche también. Ya te dije que vendrían cuando sucediera. Llegaron una hora después de que te hubieras dormido. Querían subir al piso pero les dije que iba a salir en ese momento y hablé con ellos abajo.

Osborn dejó escapar un débil suspiro y miró absorto.

Vera se sentó junto a él y cogió la cuchara.

– ¿Quieres que te dé de comer?

– Creo que puedo apañármelas -dijo, con una sonrisa desdibujada.

Cogió la cuchara y comenzó a beber la sopa, una especie de caldo. La sal le sentó bien y continuó bebiendo sin parar durante unos minutos. Finalmente dejó la cuchara a un lado, se limpió con la servilleta y descansó.

– No estoy en forma como para escapar de nadie.

– No, no lo creo.

– Te vas a meter en un lío si me ayudas.

– ¿Mataste a Henri Kanarack?

– No.

– Entonces, ¿por qué habría de meterme en un lío? -Preguntó ella, y se levantó para sacar la bandeja de la cama-. Quiero que descanses. Subiré más tarde y te cambiaré los vendajes.

– No se trata sólo de la policía.

– ¿Qué quieres decir?

– ¿Cómo vas a explicárselo a… él, al franchute?

Vera se colocó la bandeja sobre la cadera, como una camarera de café, y lo miró de arriba a abajo.

– El franchute -dijo- ya ha abandonado la escena.

– ¿Ah, sí?

– Sí… -confirmó ella, con una leve sonrisa.

– ¿Cuándo ha sucedido?

– El día que te conocí -dijo, sin quitarle los ojos de encima-. Ahora, vuelve a dormir. Yo volveré dentro de dos horas.

Vera cerró la puerta y Osborn se inclinó hacia atrás. Estaba cansado, más cansado de lo que había estado en toda su vida. Miró el reloj. Eran las ocho menos veinticinco de la noche, sábado 8 de octubre.

Y fuera, más.allá de la ventana de su diminuta celda, París comenzaba su danza nocturna.


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