CIENTO DIECISIETE

Lugano, Suiza, casa de Via Monte Ceneri, 87, todavía jueves 16 de julio, a la misma hora, una mañana despejada después de la lluvia

Roscani bajó las escaleras hacia la calle. Llevaba un traje muy arrugado, barba de varios días y se sentía agotado, demasiado agotado para pensar con claridad. Pero, por encima de todo, estaba furioso y harto de que le mintieran, sobre todo mujeres que parecían respetables. Primero la hermana Fenti, y luego en Lugano, la escultora y pintora signora Veronique Vaccaro, iconoclasta de mediana edad que juraba no saber nada de los fugitivos. El investigador jefe de Lugano, que interrogó por primera vez a Veronique Vaccaro, había recogido a Roscani en el helipuerto. El ispettore había revisado el informe del interrogatorio y de las pruebas encontradas durante el registro de la casa. No habían hallado indicios de que la casa hubiese estado ocupada durante la corta ausencia de la signora Vaccaro. Sin embargo, los vecinos aseguraban haber visto una furgoneta blanca con letras en las puertas, aparcada delante de la entrada al mediodía de la víspera, y dos chicos que habían sacado a pasear el perro esa noche después de cenar habían visto un coche grande, un Mercedes -juró orgulloso el mayor de los dos- estacionado frente a la casa. Sin embargo, al volver del paseo ya no estaba allí. Por otro lado, la signora Vaccaro adujo una coartada imposible de corroborar: afirmaba que había regresado a casa de un viaje por los Alpes pocos minutos antes de llegar la policía.

Castelletti y Scala tampoco habían sacado nada en claro. Habían concluido la investigación en Bellagio con el interrogatorio a monseñor Jean-Bernard Dalbouse, sacerdote de origen francés de la iglesia de Santa Chiara y a sus empleados, tanto clérigos como seglares. El resultado del exhaustivo interrogatorio era que todos y cada uno de ellos negaban haber recibido la llamada de un teléfono móvil de Siena, registrado a nombre de la hermana Fenti, a las 4.20 h de la madrugada anterior.

Mentían, todos mentían.

¿Por qué?

Lo sacaban de sus casillas. Todos se arriesgaban a pasar una larga temporada en prisión pero, a pesar de ello, ninguno había cedido en su postura. ¿A quién o qué estaban protegiendo?

Roscará salió de la casa de Veronique y echó a andar solo por la calle. El barrio parecía tranquilo, y los vecinos dormían. A lo lejos, el lago Lugano también estaba en calma. Semejaba un espejo sin una sola ola. ¿Qué hacía allí? ¿Buscaba pistas que otros habían pasado por alto? ¿Intentaba emular a su padre? ¿Se movería en círculo hasta obtener alguna respuesta? ¿O acaso intuía que ése era el lugar donde debía estar? Se sentía como una especie de imán atraído hacia un montón de serrín en busca de un clavo perdido. Roscani se dijo que se encontraba allí para encontrar la assoluta tranquilina, sacó un paquete de cigarrillos arrugado de la chaqueta, se llevó uno a los labios y dio media vuelta para regresar a la casa.

No había avanzado ni cinco pasos cuando lo vio, en el borde de la acera, debajo de un matorral que impedía que la lluvia de la noche anterior lo empapara: un sobre amarillo con la huella de una rueda encima.

Tiró el cigarrillo y se agachó para recoger el sobre. Estaba más destrozado de lo que parecía a primera vista, como si se hubiera quedado adherido al neumático mojado y hubiera girado varias veces antes de desprenderse por la aceleración. En la superficie había algo grabado, como si hubiera contenido algo rígido y duro en su interior.

Roscani regresó a la casa y encontró a Veronique Vaccaro -todavía furiosa por el interrogatorio y la presencia prolongada de la policía-, sentada en la cocina con un albornoz y una taza de café en una mano, mientras con la otra tamborileaba sobre la mesa, impaciente, como si con este gesto fuera a lograr que la policía abandonara su casa de inmediato. Con cortesía, Roscani le pidió un secador.

– Está en el cuarto de baño -respondió ella en italiano-. ¿Por qué no se da un baño, de paso, y se echa una siesta en mi cama?

Roscani pasó junto a Castelletti y le dirigió una media sonrisa antes de entrar en el cuarto de baño de Veronique y tomar el secador.

Castelletti entró y permaneció de pie detrás de Roscani mientras éste alisaba el sobre contra el borde del lavamanos y pasaba un lápiz por encima. Poco a poco, apareció en el papel la imagen de lo que había contenido.

– ¡Dios mío! -Roscani se detuvo de repente.

Al levantar el sobre distinguió las letras y números exclusivos de una matrícula diplomática.

SCV 13.

– Ciudad del Vaticano -señaló Castelletti.

– Sí, Ciudad del Vaticano.

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