CINCUENTA Y OCHO

Roma, a la misma hora

Harry se hallaba en la diminuta cocina de Eaton, mirando el teléfono móvil que descansaba sobre el mármol. Junto a él había una barra de pan sin terminar y, al lado, unas lonchas de queso que había adquirido en una de las pocas tiendas que abrían en domingo. Para entonces, Marsciano ya estaría al tanto del contenido de la entrevista entre él y el padre Bardoni y habría tomado una decisión respecto a qué hacer cuando Harry lo llamara.

Si es que llamaba.

«No tiene la menor idea de qué está ocurriendo ni de dónde se está metiendo.» Las palabras del padre Bardoni regresaban una y otra vez, escalofriantes, a su mente.

El hombre de camisa azul era uno de los policías de Farel, y había estado vigilando al padre Bardoni, no a Harry. Eaton se había mostrado convencido de que algo oscuro se tejía en las altas esferas de la Santa Sede. Y tal vez a esto se refería el padre Bardoni cuando le advirtió que cualquier intromisión era inoportuna y peligrosa; tal vez quiso hacerle entender que estaba a punto de ahogar a todos con sus propias olas.

Harry apartó la vista del teléfono. No sabía qué hacer. Al presionar a Marsciano tal vez empeoraría aún más las cosas. Pero ¿para quién? ¿Para Marsciano? ¿Para la gente de Farel? ¿Para alguna otra persona involucrada?

Sin motivo aparente, tomó el cuchillo que había empleado para cortar el pan y el queso. Era un cuchillo de cocina corriente, con el filo ligeramente romo. Como cuchillo, no resultaba impresionante, pero sí eficaz. Sosteniéndolo en alto, lo hizo girar en la mano y vio un destello de la luz en la hoja. Luego, con un movimiento natural, se volvió y lo hundió en lo que quedaba de pan. Lo único que importaba era la seguridad y el bienestar de su hermano. Todo lo demás -el Vaticano y sus intrigas- podía irse al diablo.

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