CIENTO VEINTICUATRO

El Vaticano, torre de San Giovanni, a la misma hora

– Deseaba verme, Eminencia. -La mole de Palestrina tapaba el vano de la celda de Marsciano.

– Sí.

Marsciano retrocedió un paso y Palestrina entró seguido de uno de los hombres de negro que cerró la puerta y se apostó a un lado, como un guardián. Era Antón Pilger, el joven con la sonrisa sempiterna y expresión despierta que hacía apenas unos días era el chófer de Marsciano.

– Quisiera hablar contigo en privado -dijo Marsciano.

– Como desees. -Palestrina alzó su enorme mano, y Pilger giró sobre sus talones y se marchó, reaccionando como un soldado, no como un policía.

Marsciano contempló a Palestrina durante largo rato, intentando leer sus ojos, antes de apuntar con un gesto lento de la mano a la pantalla silenciosa del televisor.

Las imágenes no hacían más que repetir el horror vivido en Hefei: un convoy de camiones con tropas del Ejército de Liberación circulaba por la ciudad, una multitud ocupaba las calles y, aunque no oyeran sus palabras, resultaba obvio que el corresponsal vestido de campaña intentaba describir la situación.

– Wuxi ha sido el segundo lago. -Marsciano estaba lívido-. Quiero que sea el último, que detengas la operación.

Palestrina esbozó una sonrisa:

– El Santo Padre se ha interesado por tu estado de salud y quería visitarte, pero le he explicado que te sentías muy débil y que necesitabas descansar.

– No más muertes, Umberto -susurró Marsciano-. Ya me tienes a mí, detén ese horror y te entregaré lo que estás buscando desde el principio.

– ¿Al padre Daniel? -Palestrina sonrió de nuevo, esta vez con benevolencia-. Me aseguraste que estaba muerto, Nicola…

– No lo está y, si se lo pido, vendrá. Anula la orden para el último lago y podrás hacer con nosotros lo que quieras. Nos llevaremos el secreto del Protocolo Chino a la tumba.

– Noble iniciativa, Eminencia, pero por desgracia, llega demasiado tarde. -Palestrina posó por un momento la vista sobre el televisor y se volvió de nuevo a Marsciano.

»Los chinos han capitulado y ya han solicitado los contratos. Aun así, en una guerra jamás debe darse marcha atrás y, por tanto, la campaña concluirá según lo previsto. -Palestrina se detuvo por un instante para que Marsciano comprendiese que cualquier protesta resultaría inútil-. En cuanto al padre Daniel, no es necesario que lo mandes llamar porque vendrá a verte. De hecho, es posible que en este momento él ya se encuentre en Roma.

– ¡Imposible! ¿Cómo iba a enterarse de dónde estoy? -gritó Marsciano.

– Se lo dijo el padre Bardoni -sonrió Palestrina.

– ¡No! ¡Jamás! -espetó Marsciano furioso-. ¡Jamás delataría al padre Daniel!

– Pues lo ha hecho, Eminencia… Al final lo convencí de que yo tenía razón y de que tanto tú como el cardenal vicario estabais equivocados y que el futuro de la Iglesia es mucho más importante que la vida de una persona, sea quien sea, Eminencia. -La sonrisa se esfumó de sus labios-. No lo dudes, el padre Daniel vendrá.

Marsciano nunca había sentido odio en su vida, pero en ese instante aborrecía a Palestrina con una intensidad que jamás había experimentado.

– No te creo.

– Como prefieras.

Palestrina introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta y saco una bolsita de terciopelo negro.

– El padre Bardoni te envía su anillo como prueba.

Palestrina depositó la bolsa sobre el escritorio, junto a Marsciano; fijó la vista en el cardenal antes de abandonar la estancia.

Marsciano no vio a Palestrina salir, ni oyó abrirse o cerrarse la puerta. Tenía los ojos clavados en la bolsita negra que había delante de él. Poco a poco, con manos temblorosas, la abrió.

Sobresaltado, un jardinero levantó la cabeza al oír un grito desgarrador.

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