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1.05 h


Demi yacía en la cama de acero inoxidable, superada por el horror de lo que le esperaba. Lo que ahora deseaba por encima de todo era dormir, alejarlo todo de su cabeza, pero sabía que si lo hacía sería el último sueño de su vida y que cuando despertara, lo único que le quedaría sería lo indecible: la llevarían desde su celda al anfiteatro u otro escenario distinto y la quemarían viva, tal vez junto a Cristina, como parte de un antiguo ritual en el que -ojalá pudiera reírse de la ironía- las brujas eran las encargadas de la pira.

La idea de que a esta hora, mañana, ella ya no existiría le hizo pensar en que, excepto por unos cuantos artículos y fotografías que tenía publicados, no había nada que dejara constancia de su existencia. Ningún logro real, ninguna contribución a la sociedad, ni marido, ni hijos, ni nada de nada. Lo mejor que se le ocurría era una serie de amantes a lo largo de años, a ninguno de los cuales había entregado lo bastante de ella para ni siquiera ser recordada, por no decir llorada. Su vida a partir de los ocho años había sido pura supervivencia seguida por la búsqueda de su madre y del destino de su madre, nada más. Ahora lo había encontrado y aquel mismo destino se había convertido en el suyo.

De pronto pensó en Nicholas Marten y en el presidente Harris, y su miedo y horror quedaron mezclados con un terrible sentimiento de culpa. Si habían caído en la misma trampa que ella, sólo Dios sería capaz de ayudarles. Era como una especie de maldición bíblica en la que los más inocentes pagaban con sus vidas por el egoísmo de otros. Y ahora ya no había nada que pudiera hacer excepto gritar «¿cómo he podido hacerlo?» y pedir ser perdonada.

Cerró los ojos, tratando de alejarlo todo de su cabeza. Y durante un rato lo consiguió: ver sólo oscuridad y oír el sonido de su propia respiración. Luego, desde algún punto lejano, le pareció oír los cánticos de los monjes. Poco a poco, las voces se iban elevando. Los cánticos se hicieron más fuertes y más intensos. Abrió los ojos y, al hacerlo, vio lo que parecía una foto grande de su madre proyectada en el techo, directamente encima de ella. Era la misma foto que había encontrado hacía mucho tiempo en el baúl de su madre y que había guardado como un tesoro casi desde que tenía uso de razón. La foto tomada días antes de su desaparición. Era joven y bella, con el aspecto que debía de tener cuando las brujas la quemaron hasta morir.

Al instante siguiente, el techo quedó en llamas y la foto desapareció.

Demi gritó y saltó de la cama, presa del pánico. Con el corazón acelerado, volvió a mirar al techo pero ahora ya no había nada. Blanco absoluto como antes. Había sido un sueño, Demi lo sabía. Pero, si lo era, ¿cómo había oído los cánticos de los monjes? Un sonido y una melodía que seguían llenando la habitación.

De pronto, el signo de Aradia Minor brilló rojo en la capilla de la celda. Al mismo tiempo, las voces de los monjes se elevaron y luego toda la pared se iluminó con la proyección de unas imágenes de su madre. Se la veía en primer plano, descalza y con un vestido blanco ceñido como el que llevaba Cristina, y estaba atada a una estaca en una especie de escenario surrealista. La cámara enfocaba el suelo y los pies y de pronto salía un anillo de espitas de gas. La cámara se apartaba cuando, de pronto, las llamas empezaron a crecer. Poco a poco, el objetivo se acercaba. Se acercaba más y más hasta que lo único que se veía eran los ojos de su madre. En ellos Demi no vio la paz de inundaba los ojos del buey, sino el puro horror de ser quemada viva. Vio a su madre luchando por liberarse de sus cadenas, retorciéndose en su intento de escapar. Vio su boca que se abría y luego oyó el terrible, espantoso alarido que surgía de su interior. En pocos segundos el fuego se apoderó de ella y quedó consumida por las llamas.

Demi volvió a gritar y se volvió de espaldas. Pero no había manera de escapar: todas las paredes, el suelo, el techo, reflejaban las imágenes que había visto, una y otra vez. Como si quisieran que presenciara la muerte infernal de su madre una y otra vez. Cerró los ojos y se tapó los oídos con las manos, se puso a dar vueltas sobre sí misma, a un lado y al otro, tratando de bloquear el sonido de los cánticos. Pero seguían sonando. Un sonido que crecía hasta que se metió por todos los rincones de su ser.

Aquello seguía implacablemente. ¿Cuánto tiempo? Segundos, minutos, horas. De pronto, el cántico cesó y el silencio se impuso. Lentamente, Demi abrió los ojos, pidiéndole a Dios que todo hubiera terminado.

Pero no.

En medio de la quietud absoluta apareció lo siguiente: todas y cada una de las fotos que había hecho con la Canon digital desde que llegaron a Malta y que había enviado secretamente a la página web de París.

Una tras otra. Todas.

Merriman Foxx. Nicholas Marten. Cristina. El reverendo Beck. Luciana. El despacho de Foxx en Montserrat. La mesa del restaurante adonde Beck había traído a Marten. Su llegada a la iglesia dentro de la montaña. La habitación a la que Cristina había ido a traerle el vestido. El desfile de los monjes en el anfiteatro. Los niños. Sus familias. Los animales. Los búhos. La muerte del buey.

Y luego aparecieron las últimas.

Las fotos que acababa de enviar hacía tan sólo unos momentos. Las fotos del signo de Aradia Minor tomadas en la pequeña capilla que tenía delante. El símbolo que había fotografiado con tanta pasión y efervescencia y desde todos los ángulos y a través del cual había esperado tan desesperadamente alcanzar el alma de su madre. Todo estaba allí, todas y cada una de las fotos desde el principio hasta el final.

No sólo sabían perfectamente quién era, sino lo que estaba haciendo y cómo, desde el principio.

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