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Madrid, hotel Ritz, 7.05 h


– ¿Qué significa que no está? -El asesor de seguridad nacional, doctor James Marshall, un hombre de casi dos metros de altura, se levantó bruscamente de su mesa de despacho, donde tenía esparcidos todos sus papeles y pantallas de mensajes electrónicos.

– Quiero decir que no está. Que se ha esfumado. Desaparecido. -Jake Lowe estaba pálido de incredulidad-. He entrado en su suite para que me diera su respuesta a lo que hablamos anoche y allí no había nadie. Habían puesto unas almohadas debajo de la colcha para hacer creer que estaba todavía durmiendo.

– ¿El presidente de Estados Unidos se ha esfumado? ¿Ha desaparecido?

– Sí.

– ¿Lo sabe el Servicio Secreto?

– Lo sabe. Pero no ha sido hasta que yo me he puesto a gritar. Entonces se han acojonado.

– Dios mío.

– ¿Qué demonios está pasando? -Hap Daniels entró disparado en la habitación-. ¿Es una broma? ¿EL POTUS [1] se está divirtiendo? ¿Y vosotros, chicos? Si se trata de un juego, decídmelo. ¡No admito bromas!

– No es ningún juego, Hap -le cortó Marshall-. ¡El presidente es tu responsabilidad! ¿Dónde coño está?

Hap Daniels lo miró, boquiabierto, petrificado:

– Estás de broma.

– Nadie bromea.

– ¡Dios mío!


Suite presidencial, al cabo de treinta segundos


A puerta cerrada, Jake Lowe y James Marshall se sumieron en un silencio horrorizado, a la espera, mientras Hap Daniels registraba toda la suite por segunda vez. Sala de reuniones, dormitorio, baño. Transcurrieron unos segundos y salió, cruzó la estancia sin mediar palabra y salió al pasillo. Al cabo de medio minuto regresó con un hombre de dos metros de altura y aspecto de bull dog, el agente del Servicio Secreto Bill Strait, su agente especial adjunto al mando.

– Aparte del señor Lowe, desde que el presidente entró a las 0.20 horas sólo ha entrado y salido de la suite el servicio de habitaciones -dijo Daniels.

– A las 0.35 horas el presidente llamó para que le subieran un bocadillo, una jarra de cerveza y un poco de helado -dijo Strait-. Un empleado del hotel se lo subió en un carrito a las 0.45. En el carro había un jarrón con flores frescas, el bocadillo, la cerveza y un helado de vainilla; una servilleta de tela y los cubiertos. A la 1.32 el presidente dijo que iba a tomar una ducha y que luego se iba a acostar, y pidió que se llevaran el carrito. A la 1.44 el mismo empleado entró en este salón y retiró el carro tal como le habían pedido. Para entonces, el presidente había cerrado la puerta de la zona de descanso. El empleado salió y nadie más ha entrado o salido desde entonces. Esto es, hasta que el señor Lowe ha llegado para ver al presidente a las 7.00.

– Bueno, señores -dijo James Marshall, el asesor de seguridad nacional, fríamente-, lo esencial es esto: el Fumigador [2] ha desaparecido.

– Esto es imposible -protestó el agente Strait, atónito y angustiado-. Yo he estado toda la noche justo delante de su puerta. Hay cámaras de vigilancia en todos los pasillos, ascensores y escaleras. Tenemos a una docena de agentes en la planta, y a otra docena apostados en cada entrada y salida, por no hablar del Servicio Secreto español que hay en las calles. Ni siquiera un ratoncito podría pasar sin ser advertido.

– ¡Pues, de alguna manera, el Fumigador se ha escapado! -soltó Lowe-. Sobre quién lo ha hecho, cómo, quién lo tiene ahora y qué coño le vamos a decir al resto del mundo, no tengo ni puta idea.

– ¡Maldita sea! -dijo Hap Daniels en voz alta y a nadie en particular, después de lo que habían sido los minutos más largos de su vida.

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