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10.30 h


Nicholas Marten miraba por la ventana con la mente en blanco mientras Miguel Balius hacía maniobras por encima de un puente estrecho que salvaba un río lleno de lodo. Pasó un minuto entero, luego otro, y después la mirada de Marten se concentró de repente, como si acabara de completar un proceso mental. Con una mirada al presidente Harris, tocó el botón del intercomunicador.

– ¿Miguel?

– Sí, señor.

– Usted debe de haber estado antes en Montserrat.

– Muchas veces.

– ¿Cómo es?

– ¿Cómo es? Pues como una pequeña ciudad construida en la ladera de una montaña, a casi un kilómetro del valle. Una obra de ingeniería increíble.

El presidente se incorporó, consciente de pronto de que Marten estaba recogiendo información y, en el proceso, tramando un plan para aplicar cuando llegaran.

– Hay muchos edificios, algunos de varios siglos de antigüedad: la basílica, un museo, un hotel con restaurante, la biblioteca, el refectorio… Demasiados para que me acuerde de todos. -Miguel demostraba el entusiasmo de un guía turístico, alternando la atención en la carretera con las miradas a Marten por el retrovisor-. Se puede llegar en coche o en el tren cremallera que sale del valle. Hay un funicular que lleva hasta más arriba de las montañas, si se quiere. Y por todas partes hay senderos que salen en todas direcciones, algunos con antiguas capillas que en su mayoría están abandonadas desde hace tiempo y en estado ruinoso. Se dice que hay mil y un caminos que cruzan la montaña. No quedarándecepcionados. Pero les advierto que estará abarrotado; siempre lo está. Montserrat se ha convertido en un lugar tanto de interés turístico como de retiro espiritual.

– Es posible que nos encontremos con unos amigos allí -insistió Marten-. Me ha dicho que hay un restaurante. Si quisiéramos almorzar, ¿es un puesto de bocadillos o es algo más?

– No, no, es un restaurante normal, con mesas y sillas y todo eso.

– ¿Sabe si sirven refrescos? Cola, agua mineral, cosas así. Lo pregunto porque uno de los amigos tiene un problema de salud y ciertas necesidades.

– Claro: cola, agua mineral, café, vino, cerveza… lo que usted quiera.

El presidente escuchaba con atención. Marten hacía preguntas muy concretas, como si supiera claramente lo que buscaba.

– ¿Y hay lavabos… ya sabe, un baño, por ahí cerca? No me gustaría proponer nada que resultara inadecuado para él.

Esta parte Harris la entendió. Marten trataba de buscar un lugar público en el que poder encontrarse con Merriman Foxx y luego un lugar no muy alejado en el que poder arrinconarlo a solas.

– Eso creo, sí -Miguel tenía los ojos en la carretera-. Está detrás, cerca de la puerta por la que entran las provisiones.

– ¿Una puerta que da al exterior?

– Sí, señor.

– Y esta puerta, ¿está cerca de los mil y un senderos de los que nos hablaba? Es por si queremos salir a dar una vuelta después del almuerzo.

– Desde luego, señor. -Miguel estaba encantado, con su acento australiano y sus años de experiencia, disfrutando claramente de su papel de anfitrión servicial-. Uno de ellosda a la puerta de carga, el otro colina arriba y hacia las pistas de montaña. De hecho, una de las antiguas capillas en ruinas está justo más arriba por ese sendero.

– Describe usted una estampa magnífka, Miguel.

– Es mi trabajo, señor. Además, Montserrat es maravilloso. Al menos te lo parece las primeras cincuenta veces que lo visitas.

Marten sonrió y luego apagó el intercomunicador y miró al presidente.

– Antes he insinuado que la manera de obtener respuestas de Foxx dependían de dónde y bajo qué circunstancias se le formularan las preguntas. Si lo hacemos bien y tenemos suerte, podríamos lograr que se metiera solo en ese sendero que sube hasta la capilla. A partir de ahí, tal vez habría que utilizar la fuerza.

– Continúe.

– Llegamos a Montserrat y dejamos que Demi nos encuentre. Cuando lo haga, convocaré una reunión con Foxx y propondré que sea en el restaurante. Si accede, entraremos los dos y buscaremos una mesa al fondo del local. Mientras tanto, usted ya estará allí, en una mesa cerca de la puerta que da al sendero de atrás. Llevará puesto el sombrero de ala ancha, estará tomando algo y tendrá la cabeza gacha, tal vez leyendo el periódico. Él no debe ni mirarle o, si lo hace, no debe tener ni idea de quién es. Con suerte, nadie más lo descubrirá.

»Foxx y yo nos sentamos, miramos la carta y hablamos de naderías durante unos minutos. Luego le digo que no me siento seguro hablando de cosas tan importantes en público y le propongo que salgamos a dar un paseo a solas. La puerta está ahí mismo, probablemente con un cartel de salida encima. Le pregunto al camarero adonde da; me lo dice. Le pregunto a Foxx si le parece bien. Aunque lleve a más gente con él, accederá porque querrá saber lo que yo sé. Nos levantamos y vamos hacia la puerta. Treinta segundos más tarde usted nos sigue. Para entonces ya deberíamos estar un poco más arriba del sendero, acercándonos a la capilla.

– Y usted cree que lo seguirá, así de fácil.

– Ya se lo he dicho: querrá saber cosas de mí y no tendrá motivos para sospechar nada. Montserrat ha sido su elección, no la mía. Si le veo nervioso, le diré que me puede registrar, no tengo nada que ocultar.

El presidente observó a Marten con cuidado.

– Está bien, pongamos que todo sale bien y usted se encuentra a solas con él en el sendero, paseando en dirección a la capilla.

– Sube por el sendero detrás de nosotros. Le propongo que entremos en la capilla y que hablemos en el interior, por si acaso viene más gente.

– ¿Y si no quiere entrar? Ya se lo he dicho antes, ha sido soldado profesional buena parte de su vida. Es duro y precavido: no hará nada que no quiera hacer.

– Esta vez sí.

– ¿Cómo lo sabe?

– No le quedará más remedio.

El presidente volvió a mirarlo detenidamente, con ganas de preguntarle qué quería decir, pero decidió no presionar más.

– ¿Y entonces…?

– Usted trabajó en una granja, ¿no?

El presidente asintió con la cabeza.

– ¿No tuvo nunca que sujetar a un cerdo o un ternero rebeldes mientras el veterinario les ponía una inyección?

– Sí.

– ¿Y pudo hacerlo?

– Sí.

– Bueno, pues aquí se encontrará con algo parecido. Y seremos necesario los dos, el veterinario y el granjero. Metemo que tendrá usted que ensuciarse un poco las manos.

– El trabajo manual no es problema para mí, no en una situación así -dijo el presidente, ladeando la cabeza-; pero es que no entiendo lo que pretende hacer. No tenemos acceso a ningún medicamento, ni a jeringuillas ni nada. Y aunque lo tuviéramos, no hay tiempo para…

– El restaurante, primo. Todo lo que necesitamos estará o en la mesa o en la carta.

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