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4.42 h


Se metieron los tres en un portal oscuro, esperando a que pasara el coche de policía. Una vez pasó, aguardaron otros veinte segundos para asegurarse de que no había un segundo coche detrás. Finalmente salieron y siguieron andando. Ahora Marten, Demi y el presidente Harris ya habían alcanzado Ciutat Vella, el barrio antiguo, con sus edificios viejos y sus callejuelas estrechas. Unas callejuelas que, aparte de algún transeúnte solitario o el repentino maullido de un gato callejero o el ladrido de un perro al fondo de algún solar, eran básicamente apacibles. El hecho de que hubieran llegado hasta aquí sin problemas era gracias a la suerte y a que habían permanecido en las zonas menos iluminadas, guiados por su intuición. Un giro aquí, otro más allá; un momento de espera en un portal para dejar pasar a una persona o un vehículo. El presidente, con el sombrero bien calado, se había detenido un momento para hablar en español con un viejo que se sentaba solo en la piedra de un bordillo, para preguntarle por dónde se iba a la Rambla de Catalunya, donde estaba el hotel de Demi. El viejo ni siquiera levantó la vista, sencillamente señaló hacia un punto y murmuró:

– Por ahí, unos trescientos metros más y luego a la derecha.

– Gracias -le dijo el presidente, y luego siguieron andando.

Lo que más se temía era que algún extraño, por alguna casualidad del destino, reconociera al presidente y disparara la alarma, o que algún coche patrulla de la policía se les apareciera de pronto por alguna esquina y que los oficiales los pararan y los interrogaran inesperadamente. O que la inteligencia española, los Servicios Secretos o la CIA estuvieran apostados en algunas azoteas y que los vigilaran a través de prismáticos telescópicos, y que en cualquier minuto un helicóptero apareciera rugiendo de la nada para apresarlos bajo su potente foco hasta que llegaran los coches de camuflaje y los agentes especiales les saltaran encima para llevárselos.

Eran las cinco, tal vez les quedaban diez minutos hasta llegar al cobijo relativo del hotel de Demi. El plan era que Demi subiera a su habitación y que ellos la siguieran poco después. Una vez allí, con cierta calma y seguridad, podrían concentrarse en enfocar la tarea casi imposible de lograr que Marten y el presidente sortearan los cientos de controles policiales y los aproximadamente cincuenta kilómetros que los separaban del monasterio de Montserrat para llegar más o menos al mismo tiempo de que lo hicieran Demi, el reverendo Beck y la mujer llamada Luciana para reunirse allí con Merriman Foxx.

Era un problema que llevaba a Marten a plantearse de nuevo el interrogante de la propia Demi. Ella era una periodista y fotógrafa respetada que estaba utilizando su profesión, como ella le explicó, para descubrir la verdad que se escondía detrás de la desaparición de su hermana en Malta hacía dos años, y que creía que Merriman Foxx podría ofrecerle alguna respuesta. Fuera o no verdadera la historia de su hermana, todo parecía centrarse alrededor del aquelarre de brujas de Aldebarán, que llevaba hasta el cuento maquiavélico de los sacrificios rituales. El hecho de que Foxx, Luciana, Cristina -la joven que estuvo cenando con ellos en el restaurante de Malta-, la difunta Lorraine Stephenson y posiblemente el reverendo Beck llevaran el tatuaje identificativo de la secta le intrigaba sobremanera. Que Demi no lo llevara -Marten se había fijado en sus dos pulgares repetidas veces sin que ella lo advirtiera- le resultaba igual de interesante, porque parecía que ella se había acercado a aquel grupo sin ningún problema, probablemente porque convenció a Beck de que se prestara a ser uno de los protagonistas de su libro. Esto en sí le planteaba otro interrogante: por qué Beck se lo había permitido, incluso hasta el punto de dejarla ir a Barcelona después de que él se marchara de Malta tan bruscamente, y hasta el punto de proporcionarle el billete de avión. Dos cosas le vinieron de inmediato a la cabeza: o quela secta era totalmente inofensiva y, por muy secreta que pareciera, no tenía demasiado que ocultar, o que no lo fuera y que Beck la estuviera manipulando por razones personales suyas. Si lo segundo fuera cierto, Demi podría estar metiéndose en algo extremadamente peligroso, tal vez incluso en una trampa letal.

Fuera lo que fuese, que ella usara a Beck o que él la estuviera metiendo en algo, había un hecho incontestable: la determinación con que ella quería llevar a Marten al monasterio de Montserrat y en presencia de Merriman Foxx.

El problema era que al comprometerlo a él, también había comprometido al presidente. Era una situación complicada y ambos hombres lo sabían. Y también sabían que no les quedaba más remedio que seguir adelante. Para ellos Foxx era la clave de todo y necesitaban descubrir qué era lo que ese hombre sabía: los detalles del plan contra los estados musulmanes, cuándo y dónde debía empezar, los nombres de los implicados y, para Marten en particular, lo que le habían hecho a Caroline Parsons. Además, el presidente no sólo quería conocer los detalles, sino que insistía en tenerlos por escrito -en una libreta, un trozo de papel, cualquier cosa- en algún documento fechado y firmado por Foxx. Era un documento que, una vez en mano, le permitiría salir a la luz sin temor. Para cuando el Servicio Secreto, la CIA o la inteligencia española lo encontraran, él ya habría hecho las llamadas (y, a poder ser, mandado el documento por fax) a los secretarios generales de la OTAN y de las Naciones Unidas y a los editores jefe del Washington Post y del New York Times. No se silenciaría nada, nada sería políticamente encubierto, incluidos los asesinatos planeados en Varsovia. Sería una noticia que estallaría por todo el mundo en pocos segundos y su impacto sería enorme, económica, política y, debido al horror que prometía, emocionalmente.

Pero debía hacerse; era demasiado grave y extenso como para plantear cualquier cosa que no fuera la verdad.

De modo que, trampa o no, y por muy peligroso y enormemente arriesgado que pudiera ser, el intento de llegar al monasterio de Montserrat debía seguir adelante.

Sólo les quedaba lo siguiente: cómo llegar.

Y qué hacer allí si llegaban.

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