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Madrid, 9.30 h


Peter Fadden contemplaba la ciudad desdibujada tras el cristal de la ventanilla, apenas consciente del ruido de la radio que emitía viejas melodías de rock, con la mente hecha un embrollo de problemas, euforia y temor. Había llamado a Nicholas Marten porque estaba seguro de que estaba detrás de algo relacionado con el presidente, con lo que le había ocurrido a Caroline y Mike Parsons y su hijo, y con las sesiones del Congreso que implicaban el testimonio de Merriman Foxx. Y porque el centro de una intensa y enorme cacería tras lo que las autoridades españolas llamaban «unos terroristas fugitivos» estaba concentrada justo donde Marten se encontraba, en Barcelona.

Había hablado con Marten justo después de las siete, hacía un poco más de dos horas, en una conversación que Marten terminó abruptamente diciéndole que lo volvería a llamar tan pronto como le fuera posible. De momento eso no había ocurrido, y los tres intentos que hizo de llamarle acabaron con nada más que una conexión con su buzón de voz. ¿Dónde estaba? ¿Qué demonios había pasado?

Si Fadden estaba en lo cierto y las autoridades buscaban a alguien que no eran los terroristas, por lo que él fue capaz de saber, ninguno de los medios lo había descubierto todavía. Eso significaba que si él lo podía anunciar, tal vez obtuviera la exclusiva de un acontecimiento de enormes proporciones políticas y hasta históricas.

El problema era cómo manejarlo. Llevaba el suficiente tiempo en aquel oficio como para saber que si llamaba a su editor en el Washington Post, por muy confidencial que fuera su conversación, el contenido sería informado inmediatamente al director ejecutivo del periódico. Y debido a esto, había muchas posibilidades de que alguien en el mundo mediático de Washington se enterara y pronto se abrieran las compuertas de la presa, con lo cual él se encontraría en medio de una estampida de periodistas corriendo a la escena de la noticia; no estaba dispuesto a dejar que eso ocurriera.


9.35 h


Fadden contempló aquel paisaje familiar. Estaban en la calle Alcalá y a punto de pasar junto a la famosa plaza de toros de Madrid. Dentro de poco cruzarían la avenida de la Paz. Fadden conocía bien el trayecto hasta el aeropuerto. En los cinco años que llevaba como corresponsal del Washington Post en Londres, más dos en Roma, dos en París y uno en Estambul, había viajado a Madrid un sinfín de veces. Según sus cálculos y por el tráfico que había, podría estar en la terminal en menos de veinte minutos, con el tiempo justo para coger su vuelo de Iberia a Barcelona.


9.37 h


Pasaron por la avenida de la Paz y Fadden aprovechó para cerrar ün rato los ojos. Había estado despierto hasta muy tarde hablando con el personal del Ritz: chóferes del minibús, camareras, personal de cocina, limpiadoras y gente de mantenimiento, conserjes de noche, personal de seguridad… Luego estuvo trabajando en su habitación hasta casi las cuatro de la madrugada, tomando notas. A las seis y media ya estaba en pie, tomando una ducha y haciendo las reservas de avión, y luego llamó a Marten. Había dormido poco más de dos horas. Tenía motivos para estar cansado.

De pronto notó que el taxi reducía velocidad. Abrió los ojos y se dio cuenta de que el taxista se estaba metiendo a la derecha por una calle secundaria y seguía avanzando por ella.

– ¿Adónde va? -le espetó-. Por aquí no se va al aeropuerto.

– Lo siento señor -dijo el taxista, en un inglés precario-. No puedo hacer nada más.

– Nada más, ¿de qué habla?

El taxista miró por el retrovisor.

– De ellos.

Fadden se giró. Justo detrás había un coche negro. Dos hombres con gafas de sol iban en los asientos delanteros.

– ¿Quién demonios son?

– Lo siento, señor. Tengo que parar.

– ¿Parar? ¿Por qué?

– Lo siento.

El taxista se detuvo de inmediato en paralelo a la acera mientras las viejas melodías de rock seguían retronando por la radio. En un segundo, abrió la puerta de un golpe y luego salió disparado del coche, corriendo sin mirar atrás.

– ¡Dios mío! -exclamó Fadden, impresionado por el miedo y la consciencia de lo que estaba ocurriendo.

Su mano fue directa a la manecilla de la puerta y la abrió. Sus pies aterrizaron en el suelo justo cuando el coche negro empezaba a detenerse detrás del taxi. Ni siquiera se volvió a mirar, sencillamente echó a correr. A los pocos segundos llegó a una travesía y se metió en ella sin pensar. Un bocinazo y el rechinar de unas ruedas sonaron frente a él. Fadden se paró en seco e hizo una pirueta para evitar el furgón Toyota azul que había estado a punto de atropellarlo. Luego se encontró en la otra acera, corriendo hacia una plazoleta. Salió como una flecha hacia la izquierda y luego a la derecha, rodeando una fuente. Luego se metió por un camino de gravilla que había al fondo. Con una ojeada fugaz hacia atrás los vio venir. Llevaban vaqueros y sudaderas y cortes de pelo de estilo militar. Parecían americanos.

– ¡Por Dios! -exclamó, mientras seguía corriendo.

Justo delante de él vio un sendero con macetas de arbustos a ambos lados que llevaba desde la placita hasta la calle de atrás. Con el corazón saliéndole por la boca, se metió por ahí. Más adelante, un autobús estaba dejando bajar a los pasajeros. No había ningún motivo para mirar atrás, le seguirían persiguiendo. El autobús estaba todavía a diez metros y él corría con todas sus fuerzas. Esperaba recibir un golpe en la cabeza en cualquier momento, o el impacto de un placaje que lo dejara sin piernas. Seis metros más, luego tres… La puerta del autobús empezó a cerrarse.

– ¡Espere! -gritó-. ¡Espere! -La puerta se volvió a abrir justo cuando él llegaba a la parada.

En un santiamén subió a bordo, la puerta se cerró y el autobús se puso en movimiento.

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